Todos hemos oído hablar de ella.
Nos guste o no, todos la tenemos, aunque no seamos conscientes de ello.
Así lo veo yo.
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Hace poco escuché que alguien no es valiente por no tener miedos sino por enfrentarse a ellos a pesar de tenerlos. Y es cierto. Los seres humanos tenemos ciertos miedos e inseguridades. Nuestra especie esta “cableada” para sobrevivir y reproducirse y todo lo que vaya contra ella, es detectado como una amenaza.
El tema se pone interesante cuando nuestro cerebro y nuestros genes detectan “amenazas” en nuestro día a día. El hecho de arrasar con la comida apetitosa podía hacernos sobrevivir varios días hasta la siguiente comida. Ahora, esa comida está por todos lados y no se acaba nunca. Antes se acaba tu dinero. El hecho de estar buscando estímulos continuamente nos hacía librarnos de depredadores. Ahora, el exceso de estímulos nos hace perder concentración y falta de atención.
Empiezo de esta forma porque lo que entendemos hoy día por zona de confort no ha existido durante el 99,99% de nuestra historia. Debíamos guiarnos por nuestros instintos y emociones porque nos harían sobrevivir. Si no, no hubiéramos llegado a donde estamos hoy día.
Bien.
En nuestra vida moderna, vamos construyendo nuestra zona de confort desde que nacemos. Sin ser conscientes de ello. Nos cuidan nuestros padres, nos llevan a la guardería, luego al colegio, hacemos ciertos amigos, luego la universidad (o no), trabajo (o no), etcétera, etcétera. Cada uno tiene la suya y es única e irrepetible.
¿Y qué es realmente la zona de confort? Suena como un sitio guay donde te apetece pasar un buen rato.
Pues justamente eso. Podríamos definirla como ese espacio mental dónde nuestras emociones y sentimientos son conocidos y están controlados. Sabemos lo que ocurre ahí y eso nos da tranquilidad y control. Tu cama, tu casa, tus rutinas, tus amigos, tu pareja, tu coche… Todo lo que haces en tu día a día y en parte, sin ser consciente de ello, forma parte de tu zona de confort.
Como he dicho antes, ésta se va construyendo y moldeando en base a lo que nos va ocurriendo en la vida. Cuando nos presentaron por primera vez a nuestros amigos de hoy en día, cuando te compraste un coche, cuando conociste a tu primer amor. En todas esas ocasiones tu zona de confort se estaba expandiendo.
A mí, personalmente, no me gusta el termino salir de tu zona de confort. Porque puede dar a entender que sales de algo porque no te gusta lo que hay dentro. Y no tiene por qué ser obligatoriamente así. Puede serlo. Pero puede que no.
Y cuando expandimos (o salimos de) nuestra zona de confort, pasamos a la zona de aprendizaje. Es aquí donde crecemos personalmente, experimentamos y, en definitiva, donde aprendemos. Aquí está la magia.
Los niños están constantemente expandiendo su zona de confort. Prácticamente cada día aprenden cosas nuevas, hablan con personas diferentes, prueban cosas novedosas… Exploran el mundo y por tanto crecen y aprenden de él.
Cuando llegamos a la edad adulta, nuestra zona de confort es bastante grande y llega un punto donde pasamos la mayoría de días en ella y no nos damos cuenta. La rutina hace que no nos paremos a pensar en lo que hacemos día a día. Y deberíamos seguir expandiéndola, ya que es ahí cuando más crecemos como personas.
¿Pero cómo es eso de expandir mi zona de confort? ¿Qué debo hacer en mi día a día que no esté haciendo ya?
Eso va a depender de cada uno porque como ya he comentado al principio, cada uno tenemos una zona de confort distinta. Y lo que para uno es algo muy normal en su día a día, para otro puede ser un cambio demasiado grande (también llamado zona de pánico). Debemos buscar cosas que nos reten y nos motiven pero que nos impongan. Que nos dé un poco de canguelo, vamos. Eso significa que vale la pena.
Esa sensación cuando te presentan en un grupo de personas que no conoces. Cuando te vas a vivir a otro lugar diferente. Cuando hablas en un idioma que no dominas del todo. Cuando preguntas a un desconocido por la calle. Cuando te cambias de trabajo. Cuando realizas una actividad nueva. En definitiva, hacer algo que no has hecho nunca y, por tanto, aprender a hacerlo.
Y la pregunta del millón en este caso, obviamente, es: ¿Y para qué hacer el esfuerzo realmente?
Pues porque merece la pena. Y mucho.
Porque aquello que te echa para atrás, te da pereza y tiendes a procrastinar, en el fondo, sabes que deberías hacerlo. Y el dar el paso, atreverte, pasar a la acción, es lo que marca la diferencia.
Por una sencilla razón: aquello que no te atrevías a hacer por estar fuera de tu zona de confort, habrá entrado en ella. Se habrá expandido. Y tú, habrás crecido.
Y no digo que una vez que hayas dado el paso, ¡ale, fiesta! Digo que cada vez te atreverás más a hacer cosas que antes no hacías por vergüenza, miedo o la razón que tuvieras. Cada uno tenemos las nuestras.
Y cuando vas expandiendo poco a poco esa zona, al cabo de las semanas, meses y años, serás una persona distinta (yo diría que mejor) ya que has normalizado muchas de las cosas que antes ni te atrevías a imaginar.
Y no me malinterpretes. La mayoría de tu tiempo lo pasarás en tu zona de confort. Y eso está bien. Al final, no podemos pasarnos todo el día buscando aprender de multitud de cosas y retándonos a nosotros mismos. Necesitamos ciertos hábitos y rutinas. Pero el mensaje final es que intentes buscar algo que te rete, que te pique el gusanillo.
Y recuerda.
Si te impresiona o de primeras te echa para atrás, pero recapacitas unos segundos y en el fondo crees que podría merecer la pena dar el paso, no lo dudes.
Actúa.
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